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Subject: LA CARA OCULTA DEL CHE


Author:
Jacobo Macover
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Date Posted: 05:19:16 04/02/10 Fri

La cara oculta del Ché


París, 22 de diciembre de 2007.

Mi querida Ofelia,

Jacobo Machover, es una de las principales personalidades disidentes cubanas de la Ciudad Luz. No sólo es un brillante profesor universitario, sino también, escritor, periodista y traductor. Su actividad disidente por hacer conocer la verdad sobre lo que ha ocurrido a lo largo de este casi medio siglo en la antaño conocida como La Perla de las Antillas y hogaño convertida en Isla del Dr. Castro, lo han llevado a escribir un nuevo libro: La face cachée du Ché.



No se trata de una biografía más del argentino convertido en mito y en producto de la sociedad de consumo, sino de un trabajo profundo realizado con rigor intelectual, mediante el análisis de la correspondencia con familiares y amigos, las declaraciones y discursos, a lo cual se agregan los testimonios de personas que trabajaron o vivieron junto al Dr. Guevara de la Serna.



Hay anécdotas que hoy nos pueden hacer sonreír o disgustar, como las declaraciones del filósofo francés Jean Paul Sartre, que lo consideraba como “el hombre más completo de su época”. La celebérrima canción de Carlos Puebla “Hasta siempre, Comandante”, convertido en himno para turistas de la habanera Bodeguita del Medio, donde éstos la escuchan mientras brindan con mojitos acompañados de sus jineteras ( “las prostitutas más cultas del mundo” según declaraciones del Coma-Andante en Jefe). La canción del reeducado en las U.M.A.P. Pablo Milanés: “Si el poeta eres tú (...)



Comandante”. Hasta la declaraciones de la Sra. Régine Deforges, escritora francesa de best-sellers que calificó al Ché como: “El poeta de la Cabaña”.



Machover había publicado entre otras obras aquí en Francia : “Cuba totalitarisme tropical”(Paris, Buchet/Chastel, 2004 ) y “L’An prochain à...La Havane”(Paris, Les Éditions de Paris-Max Chaleil, 2001).



Este libro que desmonta el mito Guevara , Jacobo lo dedica: “A Moisés, el que había creído en esta historia, antes de ser aplastado por ella”

A continuación te envío la traducción al castellano de algunas páginas del excelente libro de Machover, el cual le ha costado tantos insultos y amenazas por los admiradores del Ché Guevara y del régimen de Castro en estos lares.



Los fusilamientos



“Hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando.”

“En varias oportunidades el Ché venía, sutilmente. Se subía a aquel muro. No era difícil subirlo porque tenía una escalera. Se acostaba boca arriba allí a fumar un habano y a ver los fusilamientos. Eso se comentaba en toda la soldadesca de La Cabaña. Los soldados míos me decían: “Cuando estábamos en el pelotón de fusilamiento, veíamos al Ché fumándose un tabaco arriba en el muro.” Les daba fuerza a los que iban a disparar. Para aquellos soldados que nunca antes habían visto al Ché, era una cosa importante. Les daba mucho valor.”



He aquí el testimonio de Dariel Alarcón Ramírez, alias “Benigno”, uno de los más antiguos y fieles compañeros de armas del Ché Guevara, sobreviviente de la guerrilla en Bolivia, exiliado político en Francia desde 1996. “Benigno” siguió ciegamente al Ché en todas sus aventuras, primero en la guerrilla contra Batista, luego cuando era miembro del Gobierno en Cuba, por fin en el Congo o en Bolivia. En aquella época, no se cuestionaba absolutamente nada. Para él, todas esos actos formaban parte de un mismo objetivo: un combate planetario contra la injusticia. Revolución y represión eran indisolublemente complementarias. Tardó años antes de atreverse a criticar la figura del Ché y a aceptar de que no era solamente el guerrillero rebelde contra la dictadura de Batista sino también uno de los principales responsables de la represión llevada a cabo por el Gobierno revolucionario[1].




Tribunales revolucionarios y paredón


El Ché Guevara ejerció su primer puesto de mando en la prisión de La Cabaña, que domina el costado oriental de la bahía de La Habana, detrás del castillo del Morro cuyo faro brinda la primera imagen de la ciudad. Allí supervisó los fusilamientos ordenados por el nuevo poder revolucionario. Se trata de una imponente fortaleza, construida por los españoles en los tiempos de su dominación colonial, que servía para proteger la entrada de la ciudad de las incursiones enemigas, de los corsarios o piratas, sobre todo ingleses. Siempre fue una prisión, una cárcel primitiva, anacrónica, donde podían producirse todo tipo de exacciones, al amparo de cualquier mirada u observación, lejos del centro de la capital. La revolución no falló a la regla.



Aquel puesto de mando constituyó una de las principales responsabilidades militares del Ché. Resulta difícil imaginarse al que ha sido presentado como un eterno rebelde en la piel de un verdugo implacable. Ésa fue, sin embargo, la imagen indeleble que dejó entre aquellos cubanos que perdieron a algún familiar en el transcurso de ese período. La memoria del Ché no es la misma para todos.



Como “comandante en jefe” de la prisión de La Cabaña, puesto que ocupó desde el 3 de enero de 1959 hasta el mes de julio, y como responsable de la Comisión Depuradora (según su denominación oficial), el Ché dio la orden de ejecutar cerca de ciento ochenta sentencias de muerte. Los tribunales revolucionarios funcionaban sin parar dentro de la fortaleza. Las órdenes, sin embargo, llegaban desde más arriba, de Fidel Castro en persona.



“El Ché era jefe militar de La Cabaña. Había una plaza militar muy grande allí, con más de mil soldados”, explica “Benigno”. “Eran él y Jorge (“Papito”) Serguera, que eran comandantes los dos, los que presidían los juicios que se hacían. Se turnaban. Un día lo hacía uno, otro día lo hacía otro. Los juicios nunca comenzaban hasta que llegaba el correo militar, la entrega al oficial de guardia de un sobre manila lacrado, entre las cinco y media y las seis de la tarde. Había veces que eran las seis y media y todavía no había llegado el correo. El Ché estaba impaciente: “Miren la hora que es y todavía no ha llegado el correo.” El sobre, lo que traía era la gente que se iba a juzgar ese día. Allí venía la sentencia de cada uno. Ese papel venía del estado mayor y estaba firmado por Fidel, de eso no cabe la menor duda.



Yo iba en muchas ocasiones a La Cabaña por mi trabajo. Era capitán en la policía militar de La Habana. Tenía que mandar del cuartel de San Ambrosio, todos los días, una escuadra de soldados que iban para los fusilamientos. Se sacaban de voluntarios.



He alcanzado a ver a un hombre al que habían puesto ya en el paredón de fusilamiento. Detrás de las galeras, yo vi que había tres palos, tres postes clavados allí, y vi que llevaron a uno, le amarraron las manos hacia atrás y le pusieron una venda. Yo veía a ese hombre vivo, que empezaba a implorar por su madre, por sus hijos, que empezaba a corregirse y a orinarse. Vino un cura y yo me decía: “¡Coño! ¿A qué carajo viene el cura, si lo van a matar?” Le di la espalda y me fui. No he podido ver eso nunca. Cuando le tiran y le meten la descarga, se me estremece el cuerpo. A mí se me vuelve la carne de gallina. No sé si es miedo. Yo he sido sin embargo un guerrero toda la vida, y hay gente que cree que un guerrero mata a sangre fría, que la muerte es para él un alimento. Para mí, no.”



Los fusilamientos siguieron produciéndose una vez finalizado el mando del comandante Ché Guevara al frente de la fortaleza de La Cabaña, así como en otros lugares de la isla. Él no era más que un eslabón de la cadena, pero era particularmente aplicado en la práctica de las condenas a muerte.



El abogado José Vilasuso, hoy día exiliado, figuraba entre los que trataron los expedientes de los hombres condenados por la Comisión Depuradora. Así transcribe las instrucciones dadas por el Ché Guevara:



“No demoren las causas, esto es una revolución, no usen métodos legales burgueses, las pruebas son secundarias. Hay que proceder por convicción. Es una pandilla de criminales, de asesinos. Además, recuerden que hay un tribunal de Apelación.”



En cuanto al tribunal de Apelación de La Cabaña, José Vilasuso precisa:

“El tribunal nunca declaró con lugar un recurso [2].”

Guevara tomó solo la iniciativa, sin esperar consignas desde más arriba, de ordenar la detención, la condena a muerte y el fusilamiento de algunos miembros del régimen de Batista. Fue el caso, sobre todo, del teniente Castaño, uno de los responsables del Buró de repressión de las actividades comunistas, el BRAC, un oficial que se encargaba esencialmente de recoger información sin estar implicado en la represión directa. Fue arrestado por un comando especial inmediatamente después de la llegada de las tropas del Ché a La Habana, aislado en una celda en La Cabaña y fusilado, luego de un juicio sumario, en marzo de 1959. No se le acusó de ningún crimen de sangre.




El comandante de la fortaleza practicó también simulacros de ejecución en los primeros meses de 1959, como con Fausto Menocal, hoy día exiliado en Madrid, quien se salvó de milagro, gracias a su condición de descendiente de un antiguo presidente de la República de Cuba, Mario García Menocal, y porque la acusación no había podido probar nada contra él. Acusado de ser chivato y de haber denunciado a un grupo de revolucionarios, fue detenido primero en la Ciudad Deportiva. Desde allí numerosos fueron los hombres llevados directamente, sin juicio, por grupos de tres, ante el paredón. Fue encarcelado después en La Cabaña entre el 5 de enero y el 30 de abril de 1959. El trato que le fue reservado fue particularmente humillante. Tuvo que quedarse de pie durante cuarenta horas, día y noche, sin comer ni beber y sin poder efectuar sus necesidades, en el despacho del comandante, un largo pasillo por el cual circulaban hombres armados y uniformados que le hacían firmar a éste las órdenes o que le traían instrucciones, burlándose abiertamente del prisionero, hasta el momento en que cayó de inanición. Guevara en persona era quien se encargaba de interrogarlo. Fue llevado luego a una pequeña celda que compartió con varias personas que dormían en el suelo. Una tarde, fue el Ché a decirle: “Mire, Menocal, lo vamos a fusilar esta noche.”



“Me llevaron ante el paredón, cuenta Fausto Menocal. Me ataron a un poste, me vendaron los ojos y luego hubo una descarga de fusiles.



Entonces vinieron a darme lo que yo creía ser el tiro de gracia. Sentí un ruido monstruoso en la sien. En realidad era un golpe dado a la culata del fusil. Me desmayé. Creí que estaba muerto hasta que, una vez que me habían vuelto a llevar dentro de la celda, oí el cantío de un gallo. Allí me di cuenta de que estaba vivo.”[2][3]
Apología de los fusilamientos ante las Naciones Unidas



El comandante de la fortaleza de La Cabaña no había tenido que cambiar de uniforme para pasar del rol de guerrillero que combatía contra una tiranía al de responsable de la represíón llevada a cabo por el nuevo régimen revolucionario. ¿Eran contradictorias esas dos funciones? No para Guevara, convertido en portavoz internacional del gobierno castrista, quien declarará en la tribuna de la Asamblea general de las Naciones Unidas en Nueva York, el 11 de diciembre de 1964, en respuesta a las críticas dirigidas contra Cuba por varios representantes de gobiernos latinoamericanos y el de Estados Unidos:



“Hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte. Nosotros sabemos cuál sería el resultado de una batalla perdida y también tienen que saber los gusanos cuál es el resultado de la batalla perdida hoy en Cuba [3][4].”



Resultaba sorprendente oir, en esos años, al portavoz de un país hacer, en el más importante foro internacional, la apología de las ejecuciones practicadas bajo su responsabilidad. Castro, por su parte, no debía apreciar particularmente que su fiel pero incontrolable lugarteniente se dejara llevar por tanto lirismo, apartándose del discurso oficial que acabababa de pronunciar, para contestar a las acusaciones que perseguían al régimen castrista desde su instauración, razón que había motivado las intervenciones de varios delegados ante la Asamblea general de la ONU. En aquella época, en efecto, los fusilamientos (que seguían vigentes y lo fueron cerca de cincuenta años) ya no aparecían en primera plana de los pocos periódicos que aún existían en Cuba, como había sido el caso a diario en los primeros meses de la revolución. Por supuesto, los contrarrevolucionarios, los que se habían manifestado, de una manera u otra, en contra de la política del régimen y los que habían tomado el camino del exilio (unánimamente designados como “gusanos”) no merecían ninguna consideración por parte del régimen y menos aún por parte de Guevara. Pero Fidel Castro había entendido que no iba a sacar ningún provecho, en términos de imagen, en seguir proclamando ante el mundo entero que la revolución continuaba a fusilar a muchos de sus opositores. La intervención improvisada del Ché Guevara sólo podía irritar profundamente al Comandante en jefe.




Las palabras pronunciadas por Guevara, no siempre controladas por Fidel Castro, en distintas conferencias internacionales, iban a provocar su caida en disgracia y su partida de Cuba unos meses más tarde, en 1965.
En su réplica frente a los delegados que se habían atrevido a emitir críticas al gobierno cubano, el Ché declaraba:



“Soy cubano y también soy argentino y, si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie [4][5].”



Así Guevara, en un mismo discurso, unia a su reivindicación proclamada de las obras menos confesables de la revolución cubana su deseo de buscar la muerte bajo otros cielos. El sacrificio de los demás era sólo el preludio al suyo.




Frente a la muerte

Valgo más vivo que muerto

“Se puso blanco como un papel. Nunca he visto a una persona perder la expresión de la cara así como la perdió él.”[5][6]



Quien libra ese testimonio sobre los últimos instantes de la vida de Ernesto Guevara es el capitán Félix I. Rodríguez, antiguo agente de la CIA, “guerrero de las sombras”, que estuvo, desde su más temprana edad y a lo largo de su vida, implicado en todos los combates anticomunistas, en Cuba, en Bolivia, en Vietnam, en Nicaragua, en El Salvador y en otros teatros de operaciones. Fue él quien dio la orden al sargento Mario Terán de acabar con la vida del guerrillero argentino, el 9 de octubre de 1967. Con otros agentes de origen cubano, entre ellos Gustavo Villoldo, Julio Gabriel García o Mario Riverón, su misión consistía en brindarle apoyo al Ejército boliviano en su búsqueda de los miembros de la guerrilla y, luego, en interrogar a su enemigo preso.



La captura del Ché

El Che Guevara, después de haber errado durante meses en las selvas y montañas de Bolivia, había caído en una emboscada tendida, dentro de la quebrada del Yuro, por los rangers bolivianos al mando del capitán Gary Prado.



“Había una tendencia fuerte en la CIA de que el Che había muerto en África, cuenta Félix I. Rodríguez. Sin embargo, cuando surgen Debray y Bustos, la CIA supo que Debray no iba a ir allí por un imbécil, además Debray había sido amigo de Guevara. La captura de Bustos y de Debray confirmó su presencia en Bolivia. Bustos dibujó las caras de todos los guerrilleros, incluyendo la del Ché Guevara, de la forma en que lucía en ese momento. Es entonces cuando empieza el gran dispositivo de entrenar las tropas especiales y poner a la CIA para que le diera la capacidad de Inteligencia a la octava división del Ejército boliviano. Poco después hubo un encuentro con el grupo de “Joaquín”, que había quedado separado de la tropa del Ché, en el que murieron el mismo “Joaquín”, y Tamara Bunke (“Tania”), que trabajaba para la Inteligencia de Alemania del Este. Encontraron el cadáver de “Tania” con toda la cara podrida y casi sin pelo porque se metió como cuatro días bajo el agua y cuando la sacaron estaba hecha leña ya.




En ese grupo cogieron preso a un boliviano llamado José Castillo Chávez (“Paco”). Ya yo sabía, por las informaciones de Debray y de Bustos, que “Paco” quería irse de la guerrilla porque no era guerrillero ni mucho menos, aunque era comunista. A él lo engañaron. Lo utilizaban para que cargara las municiones y la comida de la demás gente del grupo. Le dijeron que cuando hubiera una oportunidad lo iban a dejar salir de la guerrilla. O sea, yo sabía que era un tipo que estaba dispuesto a cooperar. Entonces le pedí al general que estaba al frente del batallón que me dejara intentar sacarle información. Él se quedó mirando y pidió que me entregaran al prisionero. Cuando lo trasladábamos, “Paco” empezó a llorar, diciendo que lo íbamos a matar. Hizo un esquema del lugar donde estaban los que quedaban vivos y los cadáveres. Tenía una memoria extraordinaria, aparentemente.



Él tenía dos balazos, que por cierto tenían gusanos, y como no lo dejaban llevar al hospital, yo contraté a una enfermera con el dinero nuestro de la CIA. Le pagué para que trajera antibióticos y lo curara. Eso fue lo que le salvó la vida.”




Según Félix I. Rodríguez, las relaciones entre la CIA y el Ejército boliviano no eran idílicas. Los bolivianos no tenían la intención de ser indulgentes contra sus prisioneros. Los americanos, al contrario, pensaban que era más pertinente guardar al Che y a sus compañeros con vida en lugar de transformarlos en mártires.
El Ché Guevara había entendido lo mismo cuando fue hecho prisionero por los soldados bolivianos. A ellos les gritó: “¡No disparen! Soy Che Guevara. Valgo más vivo que muerto.”



El capitán de los rangers Gary Prado, quien figuraba al frente de los hombres que capturaron al Ché el 8 de octubre de 1967 en la quebrada del Yuro, cuenta la siguiente escena entre el prisionero, dos de sus hombres y él mismo:
“En ese momento salió de la quebrada un soldado sangrando. Era Valentín Choque. Tenía dos heridas, una en la parte posterior del cuello y otra en la espalda. No eran graves. Sánchez rasgó una camisa que estaba en la mochila del Ché, para hacer unas vendas.



• ¿Quiere que lo cure, capitán? – preguntó de pronto el Ché.

• ¿Es usted médico acaso?

• No -contestó el detenido. Pero entiendo de medicina. Además, en la Sierra, aprendí hasta a sacar muelas. ¿Atiendo al soldado?



- No, deje nomás”[6][7]
Ese diálogo con el comandante guerrillero revelaba una vez más su visión, más bien dilettante, de su formación inicial.

Éstas son las últimas impresiones de Gary Prado sobre el Ché:

“Era un hombre derrotado que se preguntaba cuál sería su futuro.”

Estuvo con el Ché unas quince horas hasta que lo entregó al comandante de la división. “Lo he entregado vivo”, precisaba.[7][8]

En los momentos decisivos, el Ché Guevara seguía afirmando sus convicciones. Pero ya no demostraba como antaño aquel desprecio hacia su propia muerte tantas veces proclamado. Había recobrado, de alguna manera, instintos y sentimientos humanos.



Diálogo entre dos enemigos

Cuarenta años han pasado desde la mañana del 9 de octubre en que el Ché fue asesinado. Ese día, el capitán de la CIA Félix I. Rodríguez tenía frente a él al adversario al que perseguía desde hacía meses. No obstante, la conversación que relata entre ambos no está marcada por el odio:
“Al principio, cuando yo llegué, yo sabía que iba a ver a una persona de la cual yo tenía conocimiento de todo lo que había hecho, de lo criminal que había sido en la fortaleza de La Cabaña, de los centenares de cubanos que habían sido víctimas de él. Obviamente sentía una gran repugnancia por el individuo. Sin embargo, cuando vi a aquel ser humano tirado en el suelo, atado de pies y manos -a veces yo estaba hablando con él y mi mente se iba a la imagen que yo tenía, de aquel hombre arrogante-, y verlo allí en la escuela destruido, hecho leña... Lo que parecía era un pordiosero, no un soldado. No tenía ni siquiera botas, eran unos pedazos de cuero amarrados en los pies. La ropa raída, sucia. No era un uniforme ni mucho menos. Era un desastre. Y sentí lástima hacia esa persona. Se me olvidaron en aquel momento todas las cosas que había hecho y nos tratamos con mucho respeto los dos.”




Los últimos intercambios verbales de Guevara tuvieron lugar con ese hombre, uno de sus más férreos enemigos desde su entrada triunfal en La Habana y, sobre todo, desde que la revolución había decidido adoptar la ideología comunista. En varias ocasiones, pudo conversar con él, recogiendo sus últimas palabras, lo que se podría considerar como su testamento no oficial.
El Ché Guevara había entendido perfectamente quién era su interlocutor, que se hacía llamar Félix Ramos. Cuando éste había empezado a interrogarlo, le preguntó: “¿Tú no eres boliviano?” El agente de la CIA le contestó: “Comandante ¿quién cree usted que sea yo?” A lo que el Ché respondió: “Tú puedes ser puertorriqueño o cubano. Por las preguntas que tú me has hecho, tú estás trabajando para un servicio de Inteligencia.”



Rodríguez le dijo su nombre de pila y le reveló que había formado parte de los comandos de infiltración contrarrevolucionaria que habían precedido el desembarco de Bahía de Cochinos.





“Hemos hablado de la economía de Cuba, relata Rodríguez, y de la manera en que había sido designado presidente del Banco Nacional de Cuba. Después él me dijo que ellos fusilaban en Cuba a todos los agentes extranjeros que invadían el país. Entonces le dije: “Comandante, es irónico que usted me lo diga, porque usted es extranjero y ha invadido Bolivia.” Entonces levantó la pierna, me enseñó la herida y me dijo: “Mira, Félix, ésas son cosas que tú no entiendes porque pertenecen al proletariado. Yo estoy derramando mi sangre en Bolivia pero soy tan cubano como argentino o boliviano.””




Frente a la muerte, Guevara hacía alarde de su fe internacionalista, como lo había hecho anteriormente en las Naciones Unidas, al responder a las críticas de varios delegados en relación con las ejecuciones en Cuba. ¿Creía en ese momento que iba a poder defenderse ante un tribunal, lo que le daría la ocasión de proclamar sus convicciones más profundas? Allí arriesgaría hasta treinta años de cárcel, ya que la pena de muerte no existía en Bolivia.




Félix I. Rodríguez tuvo que tomar otra decisión. He aquí su versión:

“Las consignas que me transmitió el mayor Saucedo eran claras. Me dijo: “Hay órdenes del alto mando: “500-600”. “500” era en el código sencillo que teníamos la identidad del guerrillero. “600” significaba “muerto.””
A partir de ese momento, el destino del Ché estaba sellado.



Cuando entró por última vez en el aula de la escuela de La Higuera donde estaba preso, Félix I. Rodríguez le anunció a Guevara que iba a ser ejecutado: “Comandante, lo siento. Yo he tratado. Son órdenes superiores.”



Rodríguez prosigue: “Él estaba destruido. Pensaba que no lo iban a matar. Pensó que iba a ir preso porque había el juicio pendiente en Camiri de Régis Debray y Ciro Bustos. Además había fotos delante de todo el mundo, entre ellas una que se conservó, en la que lo rodeamos tres soldados bolivianos y yo agarrándolo del hombro. Sin embargo me dijo: “Es mejor así. Yo nunca debí haber caído preso vivo.”



Entonces sacó una pipa que llevaba y me dijo que quería entregarla a “un soldadito que se portó bien”. En ese momento, el sargento Terán, que era el que estaba ejecutando a varios guerrilleros presos, entró pidiendo quedarse con la pipa. El Ché dijo que a él no se la daba. Le pregunté si me la dejaba a mí. Se quedó pensando y me dijo: “A ti, sí.” Le pregunté si podía hacerle llegar algún mensaje a su familia. Me dijo en una forma sarcástica: “Si puedes, dile a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América. Y si puedes, dile a mi señora que se case otra vez y que trate de ser feliz.”



Vino adonde estaba yo, me dio la mano, me dio un abrazo. Se paró, pensando que era yo el que le iba a tirar. Salí de la escuela. Estaba eso lleno de soldados allí afuera. Le dije al sargento Terán: “Sargento, hay órdenes de su gobierno de eliminar al prisionero. No le tire para arriba, tire para abajo, que se suponga que haya muerto de heridas en combate.” Me retiré al puesto avanzado que yo tenía. A la una y veinte escuché las ráfagas. Fue la hora en que el Ché Guevara murió.




Era la primera vez que a mí me tocaba una situación de ese tipo, nunca antes, y espero que nunca más.”



Al entregar su pipa al capitán de la CIA Félix I. Rodríguez, el Ché reproducía el gesto del “traidor” Eutimio Guerra, cuando éste le había dado su reloj al guerrillero argentino, el que fuera su verdugo, diez años antes. Finalmente, Rodríguez le ofreció la pipa al sargento Mario Terán, que ejecutó la orden del estado mayor boliviano, pero conservó el tabaco que el Ché había fumado en parte y se apropió su reloj, un Rolex que llevó siempre en la muñeca, como trofeo de guerra.




La versión de Fidel Castro

El Ché no tuvo la muerte que había deseado. Para Fidel Castro era inconcebible que hubiera podido demostrar su debilidad en el momento decisivo. Tenía que hacer de él un héroe infalible. La explicación de su captura por el Ejército boliviano brindada por Castro en su “Introducción necesaria” al Diario de Bolivia de Guevara, publicado en varios idiomas en julio de 1968, hace referencia a una serie de casualidades (por cierto ¿quién se las podía haber contado?), destinadas a difundir la creencia de que la única alternativa que tenía era la detención:



“Se ha podido precisar que el Ché estuvo combatiendo herido hasta que el cañón de su fusil M-2 fue destruido por un disparo, inutilizándolo totalmente. La pistola que portaba estaba sin “magazine”. Estas increíbles circunstanscias explican que lo hubiesen podido capturar vivo.”[8][9]



En su texto, Castro describe, a su manera, la actitud del Ché, que tanto iba a contribuir a la expansión de su leyenda:

“Trasladado al pueblo de Higueras permaneció con vida alrededor de 24 horas. Se negó a discutir una sola palabra con sus captores, y un oficial embriagado que intentó vejarlo recibió una bofetada en pleno rostro.”[9][10]



Su descripción no coincide para nada con la del ex-agente de la CIA Félix I. Rodríguez, del que el Líder Máximo, en aquel momento, ignoraba la presencia en el lugar de los hechos.




Castro cuenta luego, con una infinidad de detalles, algunos de un realismo asombroso, otros completamente inventados, los últimos instantes de su antiguo compañero de armas, embelleciendo a su antojo las palabras dirigidas por Guevara al sargento Mario Terán. Su relato sería de ahí en adelante la versión unánimemente aceptada sobre la muerte del Ché, que nadie se atrevería a cuestionar:




“Reunidos en La Paz, Barrientos, Ovando y otros altos jefes militares, tomaron fríamente la decisión de asesinarlo. Son conocidos los detalles de la forma en que procedieron a cumplir el alevoso acuerdo en la escuela del pueblo de Higueras. El mayor Miguel Ayoroa y el coronel Andrés Selnich, rangers entrenados por los yanquis, instruyeron al sub-oficial Mario Terán para que procediera al asesinato. Cuando éste, completamente embriagado, penetró en el recinto, Ché -que había escuchado los disparos con que acababan de ultimar a un guerrillero boliviano y otro peruano- viendo que el verdugo vacilaba le dijo con entereza: “¡Dispare! ¡No tenga miedo!” Éste se retiró, y de nuevo fue necesario que los superiores Ayoroa y Selnich le repitieran la orden, que procedió a cumplir, disparándole de la cintura hacia abajo una ráfaga de metralleta. Ya había sido dada la versión de que el Ché había muerto varias horas después del combate y por eso los ejecutores tenían instrucciones de no disparar sobre el pecho ni la cabeza, para no producir heridas fulminantes. Eso prolongó cruelmente la agonía del Ché, hasta que un sargento -también ebrio- con un disparo de pistola en el costado izquierdo lo remató. Tal proceder contrasta brutalmente con el respeto del Ché, sin una sola excepción, hacia la vida de los numerosos oficiales y soldados del ejército boliviano que hizo prisioneros.”[10][11]




En Cuba, el “día del guerrillero heroico”
que, cada año, conmemora la muerte de Guevara, se festeja el 8 de octubre, día en que se produjo su captura, y no el 9 de octubre, día de su muerte, como si las autoridades castristas hubieran querido modificar el rumbo de la historia y disimular su rendición, cosa absolutamente normal frente a unos adversarios perfectamente entrenados y cuyo número era infinitamente superior al de los guerrilleros que tenían enfrente.




La venganza

Las condiciones sórdidas en que fue asesinado Ernesto Guevara darían de él una imagen aún más impactante, no la de un hombre muerto en combate, sino la de un mártir desarmado, asesinado a sangre fría.



Peor, inclusive: la de un hombre mutilado. En una reunión mantenida durante la noche del 9 de octubre, el general Ovando le ordenó a uno de sus oficiales: “Si Fidel Castro negase que éste es el Ché Guevara, nosotros necesitamos una prueba fehaciente: córtenle la cabeza y pónganla en formol.” Félix I. Rodríguez, consciente del efecto que ese acto podría provocar con respecto a la imagen del Ejército boliviano y, sobre todo, a la de la CIA, le contestó: “Mi general, usted no puede hacer eso. Usted no puede presentar una cabeza como prueba. Si quiere una prueba, habría que cortarle un dedo. Tenemos las huellas digitales de la Policía federal argentina.” Ovando se quedó pensativo y dijo: “Bueno, córtenle las dos manos y pónganlas en formol.”



Tal ensañamiento sobre el cadáver del Ché Guevara no engrandece a los que lo mataron.
Pero no es esa última barbarie la que quedaría en las memorias sino, al contrario, la imagen de un hombre aún joven, en plena forma física, mirando de frente hacia su propia muerte.




El final del Ché Guevara en Bolivia significó un alto en la formación de los focos guerrilleros en América latina. Castro entendió a partir de ahí que no iba a poder extender su influencia por ese medio. No obstante algunos movimientos rebeldes permanecieron activos.



En 1969, los sobrevivientes del grupo, reagrupados en torno a la organización fundada por el Che, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), intentaron recrear la guerrilla en Bolivia. Esta vez estaban bajo las órdenes del lugerteniente del Ché Guevara, el ex-militante del Partido Comunista boliviano Inti Peredo. “Benigno” formaba parte, una vez más, de la expedición, que fracasó rápidamente. Dos de sus compañeros y él mismo lograron, sin embargo, escaparle a la muerte y regresar a Cuba.



Entre los que habían participado, de cerca o de lejos, a la muerte del Ché, numerosos fueron los que cayeron bajo las balas, a menudo anónimas.
Por su parte, Félix I. Rodríguez escapó a un comando que tenía por misión asesinarlo, así como al secuestro de un avión americano en el que viajaba, durante los años 70, hacia La Habana, donde hubiera corrido una suerte nada envidiable. Las operaciones de venganza contra los militares bolivianos fueron múltiples y variadas. Gary Prado, hoy día comandante y político influyente, resultó paralizado de por vida, desplazándose en silla de ruedas, a resultas de un balazo en la espalda. Otros no sobrevivieron a los disparos: el campesino Honorato Rojas, considerado como “traidor”, ejecutado personalmente por Inti Peredo, quien murió a su vez a manos del Ejército boliviano en 1969; el coronel Roberto Quintanilla, ex-jefe de la policía, considerado como uno de los estrategas que permitieron la captura del guerrillero argentino, asesinado en 1972 en Hamburgo, donde había sido nombrado cónsul, por la integrante de la guerrillera boliviana Monika Hertl (el editor izquierdista italiano Giangiacomo Feltrinelli, que estuvo en el origen de la publicación del Diario de Bolivia, había participado en los preparativos del atentado pero murió poco antes en Italia, a consecuencia de la explosión de una bomba que transportaba); el general Joaquín Zenteno Anaya, nombrado embajador en Francia, liquidado en París en 1976 por una misteriosa Brigada internacionalista Ché Guevara; y varios oficiales, entre los cuales figuraban los autores de diversos golpes de estado, de derechas o de izquierdas, en Bolivia.



La mayoría de esos asesinatos nunca fueron esclarecidos, pero las distintas investigaciones llevadas a cabo por los gobiernos afectados vieron en ellos el sello de los enviados de los servicios secretos de Castro.[11][12]




Mi recordada Ofelia, en cuanto salga a la venta en español, lo compraré y te lo enviaré con algún turista galo. Creo que éste es un libro que hay que leer para tener argumentos serios y así poder enfrentarnos a los admiradores de un hombre que tanto mal causó a nuestra Patria.
Te quiere siempre,


Félix José Hernández.




*La Face cachée du Ché.
Jacobo Machover
Buchet/Chastel, 2007.
7, rue des Canettes, 75006. Paris.
205 páginas.
14 Euros
Foto portada : René Burri/Magnum Photos
ISBN :978-2-283-02252-8


[1][12] Véase Paco Ignacio Taibo II: “El héroe que no muere. Mil caras del Ché” (El Mundo, Madrid, 8 de diciembre de 1996). El escritor mexicano, autor de novelas policiacas e historiador en sus ratos de ocio, que tiene muy buena información sobre ciertos aspectos secretos de la biografía de Guevara, sobre todo en relación con su aventura en el Congo, parece darle cierto crédito a esta hipótesis cuando relata una entrevista suya con un escritor cubano al que prefiere mantener en el anonimato, “que una vez le sugirió al historiador sonriendo: “Los servicios nuestros...” con un cierto tono de satisfacción.”

[2][3] Entrevistas con el autor. Madrid, 2004-2006.

[3][4] Ernesto Ché Guevara: Obra revolucionaria, op. cit., pp. 479-488.

[5][6] Entrevista con el autor. Miami, agosto de 2006. La conversación tuvo lugar en la sede de la Brigada 2506, el cuerpo expedicionario cubano que llevó a cabo algunas infiltraciones contrarrevolucionarias y los combates de Bahía de Cochinos en 1961. Al sentarse, Félix I. Rodríguez dejaba entrever una pistola a la altura del tobillo.


[6][7] Gary Prado: Cómo capturé al Che. Barcelona, B.S.A., 1987, p. 270.

[7][8] Entrevista con Eduardo Febbro en Página 12, Buenos Aires, 18 de agosto de 2006: “El Ché Guevara se equivocó cuando eligió Bolivia.”

[8][9] Fidel Castro : “Una introducción necesaria”, in Ernesto Che Guevara: Escritos y discursos (Tomo 3: Diario de Bolivia), op. cit., pp. 1-20.

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