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Date Posted: 04:30:47 06/21/04 Mon
Author: Eladio
Subject: La trampa de Satanás. Por P. Alberto Ezcurra

MARTIN EBON y otros,

La trampa de Satanás.

Troquel, Buenos Aires, 1978. 313 pgs.



Por P. Alberto Ezcurra

Fuente:
http://www.iveargentina.org/Foro_SAlfonso/LIBROS/RECENSIONES/ebon_tampa_satanas.htm




Al considerar la frecuencia con que en la sección bibliográfica dirigimos nuestra atención a este tipo de libros, alguno podrá considerarnos como la reencarnación de los famosos inquisidores Sprenger y Kramer, autores del no menos famoso ‘Malleus Maleficarum (martillo de las brujas). Permítasenos aclarar que ello no se debe a ningún tipo de manía u obsesión intelectual, ni mucho menos a una curiosidad morbosa por todo cuanto ofrezca visos de satánico o misterioso. Nuestra urgencia nace de una seria preocupación pastoral que nos hace conscientes de la necesidad de una insistente denuncia y de una honesta clarificación doctrinal.

Con frecuencia nos hemos referido en estas páginas a la plaga del ‘neo-espiritualismo”, verdadera inundación de las más disparatadas prácticas y doctrinas, cuyo objetivo pareciera ser el ocupar el inmenso vacío espiritual que el materialismo —teórico y práctico— ha producido en las almas de los hombres. Quien hojee las revistas de divulgación, revise los escaparates de las librerías o controle la lista de conferencias enunciadas diariamente en La Nación”, comprenderá que nuestra preocupación no resulta en absoluto exagerada.

Esta moda del “misterio” encuentra impreparados a la mayoría de quienes debieran dar una respuesta u orientación católicas. Cuando se nos ha solicitado información bibliográfica hemos tenido que recurrir a obras en su mayoría no católicas, de manejo nada fácil, e incluso no del todo innocuas. Resulta ya un lugar común hablar en tono satisfecho del “resurgimiento espiritual” de la juventud. Y los jóvenes acuden masivamente a Luján o peregrinaciones afines. Pero esos mismos jóvenes —hablamos por experiencia— se alimentan con las obras de Ricardo Bach, Khalil Gibran o Hermann Hesse, se apasionan por la ciencia-ficción de von Doniken, se divierten con el “juego de la copa” y llegan incluso a considerar a Jesucristo como un gran parapsicólogo”.

La mayoría de los “movimientos juveniles” católicos trabajan sobre la afectividad y el sentimiento. Esto puede ser útil en un retiro de conversión pero exige un complemento que ilumine la inteligencia y oriente en la verdad, y esto no lo comprenden quienes desvalorizan dogmas y principios, oponen lo “intelectual” a lo ‘vital” y se quedan en el plano de las emociones y de las ‘experiencias”. Pues el sentimiento exacerbado carece de contenido y puede ser canalizado en cualquier dirección, desde el mero catolicismo mistongo pasando por iluminismos diversos hasta la pseudomistica histérica característica de algunos grupos “carismáticos”.

El libro que comentamos constata la extensión de la moda ocultista: “Observamos en la mente del público o en letras de molde, una mescolanza de asuntos tan diversos como el satanismo, la astrología, los dioses del espacio exterior, la hechicería ‘negra’ o ‘blanca’, la reencarnación, la hipnosis, la quiromancia, la clarividencia, varias formas de curación no médica y cierto número de subcategorías psíquicas” (pp. 8- 9). Esta “tendencia generalizada a entrar en contacto con las ciencias ocultas” (ib.), conlleva un “ingrediente mesiánico” y busca su soporte o legitimación intelectual en el “estudio de la percepción extrasensorial y del pensamiento religioso oriental” (p. 13).

Los autores tienen conciencia del peligro que esto significa. Denunciarlo parece el objetivo principal de este libro: ‘Hay en estos fenómenos otra cara, una cara oscura, y en nuestro tiempo esta oscuridad parece difundirse con suma rapidez”. “Sufrimos una virtual epidemia de juego irresponsable con los poderes ocultos” y los poderes ocultos no son un juguete. Nos exponen a influencias que desconocemos y que a veces no podemos controlar” (p. 8).

Diversos aspectos de este peligro son señalados a lo largo del libro, rico en abundante casuística que nos pone en contacto con trágicas experiencias. Los autores atienden de modo particular a los fenómenos de tipo mediúmnico que se producen en el uso del tablero Ouija (entre nosotros conocido como “juego de la copa”) y de la escritura automática. Se refieren también a los riesgos de la droga utilizada como camino para “viajes místicos”, de la brujería, de la hipnosis practicada como juego, de la astrología, el “control mental”, las experiencias telepáticas y psicokinéticas, los viajes extracorpóreos, la moda del exorcismo, etc. En síntesis, un panorama bastante completo.

La gama de autores es bastante variada: periodistas y ensayistas, médicos, psiquíatras y parapsicólogos. También es diverso el valor de los distintos trabajos: algunos se destacan por su seriedad y rigor expositivo mientras que otros (pensamos particularmente en el cap. VI, “Dentro de la jungla psíquica” de Wanda S. Parrott) parecieran productos de un tremendo desequilibrio afectivo unido a una espantosa confusión mental. Baste como botón de muestra, con una cita de la autora mencionada: “No soy ruda ni descortés, pero no tengo más tiempo que perder tratando de salvar mi alma. Si en todos estos años aprendí alguna lección, es esta: del polvo espiritual venimos y al polvo espiritual volvemos. Todos somos parte de la vasta unión llamada Dios, y, por lo tanto nuestro principio, nuestro estadio intermedio y nuestro fin están en el cuerpo de Dios, que es espíritu y energía. Entonces ¿qué es lo que hay que salvar si estamos ya donde estábamos y donde iremos en el futuro? Relajémonos, pues, y disfrutemos de la vida mientras la tenemos” (p. 104). Ni el más burro de los ocultistas alcanzaría a rebuznar tan alto.

No podemos analizar aquí en detalle todos los aspectos de la obra, así que debemos contentarnos con un juicio de conjunto. El libro es interesante como exposición y análisis de fenómenos, y bajo este aspecto puede cumplir el objetivo propuesto y ser útil para quienes lo lean, con bastante prevención sin embargo. Pero la advertencia del peligro es incompleta y las concepciones doctrinales subyacentes son sustancialmente erróneas. Procuraremos exponer estas objeciones de fondo en tres puntos sintéticos:

a) Las prácticas ocultistas deben ser rechazadas sin ninguna especie de matices y desaconsejadas absolutamente, y esto con mayor motivo cuando se trata de obras de vulgarización, como la que comentamos. Pero los autores, pese a algunas afirmaciones tremendistas, no se atreven a hacerlo, antes bien, insisten en señalar el “lado positivo de las cosas”. Así afirman que “cuando se actúa con prudencia los resultados pueden ser positivos” y que por ello “es muy posible que la advertencia bíblica contra la adivinación estuviese dirigida contra los excesos y exageraciones” (p. 197). Aun los tableros Ouija y la escritura automática “encierran potenciales positivos para la salud mental” (p. 202). La comunicación con los espíritus de los “muertos” puede “brindar consuelo a los afligidos y realizar incluso un serio intento de comprender el alma inmortal del hombre” (p. 11) y ser “fuente de fortaleza y esperanza” (pp. 211 y 270). Hay “mediums auténticos”, cuya mediumnidad puede “alcanzar un nivel de grandeza” y sus conocimientos contribuir al bien común (cf. pp. 26- 27). Entre estos “auténticos líderes espirituales” de las comunidades “ocultistas y espiritistas” (p. 53) puede encontrarse “la persona que se halla en mejores condiciones” de enfrentar el problema de la obsesión y encarar las tareas auxiliares de “rescate psíquico” (pp. 217 y 219).

b) Las afirmaciones anteriores no resultarán extrañas para quien sepa detectar en la mentalidad de los autores fáciles rastros de las doctrinas del espiritismo (púdicamente denominado “espiritualismo”, a la manera inglesa). Se afirma como “universalmente aceptada” la existencia de un “cuerpo psíquico” o “astral” (p. 293) y la posibilidad de entrar en contacto mediúmnico con los muertos —y esto por parte de un canónigo anglicano, que no vacila en atribuir a San Pablo las ideas “espiritualistas” que él confiesa abiertamente (cf. p. 211). Se advierte que estas comunicaciones puede ser interferidas por los “elementales”, o “espíritus ligados a la tierra” (p. 191). El medium norteamericano Edgar Cayce es tratado casi con veneración, y con sumo respeto se consideran sus opiniones reencarnacionistas (cf. p. 48).

Todo ello nos confirma en nuestra sospecha de que los lazos —declarados, vergonzantes o inconscientes— que unen al espiritismo con la semiciencia parapsicológica son mucho mayores y más íntimos de lo que la mayor parte de los científicos se atreven a confesar. Estos lazos aparecen más claramente visibles en la introducción de M. Ebon al capítulo I, cuyo autor pertenece a una comisión “dedicada exclusivamente al estudio de la supervivencia después de la muerte corpórea, por medio de una cooperación más estrecha entre el espiritismo y la investigación psíquica” (p. 17).

c) René Guénon, quien fue el primero en denunciar esta conexión, afirma también que “siempre es en extremo imprudente poner en juego fuerzas de las que se ignora todo(...) Hay cosas que no se pueden tocar impunemente cuando se carece de la dirección doctrinal necesaria para no extraviarse” (“L’erreur spirite”. p. 84). Ahora bien “la ciencia ordinaria es absolutamente impotente para ofrecer la menor dirección doctrinal” (ib.) y por ello “no hay nada más ingenuo y más desprovisto de todo medio de defensa que ciertos sabios cuando se los saca de su esfera habitual” (ib. p. 83).

Pues bien, los autores de esta obra son conscientes de ello, y lo repiten con frecuencia: “no he podido comprender la razón de esto” (p. 10); “ni siquiera los más expertos parapsicólogos, investigadores de fenómenos psíquicos o psicólogos pueden decir qué es lo que realmente sucede” (p. 11); “esto es algo sobre lo cual no sabemos absolutamente nada” (p. 12); “es muy poco lo que se sabe con certeza de estos fenómenos” (p. 52) y así en otros lugares (cf. pp. 141. 247, 270...).

Pero pese a estas confesiones de ignorancia actúan como convencidos de que la especialización científica es una garantía de protección física, psíquica y espiritual contra toda especie de fuerzas desconocidas, válida para ellos y para los demás. Martín Ebon llega incluso a afirmar que “no debemos oponernos al estudio cuidadoso de las tradiciones del ocultismo, los fenómenos psíquicos y la parapsicología científica, simplemente porque estos temas puedan escapar a nuestro control” (p. 13). Nuevamente nos conviene recurrir aquí a Guénon, para preocuparnos con él por el “resultado inevitable de investigaciones temerarias emprendidas, en este dominio más peligroso que cualquier otro, por gente que ignora hasta las más elementales precauciones necesarias para abordarlo con seguridad” (op. oit. p. 91). Por cierto que Ebon se muestra impregnado por la soberbia cientificista que —aquí como en obras anteriores— le permite juzgar al exorcismo como un mero antecedente infantil de la moderna psicoterapia (cf. p. 224).

Cuando los antiguos guardaban celosamente los secretos de las “ciencias ocultas” sabían perfectamente lo que hacían. Pero los bonzos y hechiceros de la ciencia moderna trabajan sobre el doble postulado de que no hay campos vedados a la experimentación y de que todos sus conocimientos deben ser comunicados mediante la vulgarización. El primer postulado se basa en el prejuicio de que el saber científico es la forma más alta del conocer humano, el segundo sobre el prejuicio democrático de la libertad de información, que considera todo secreto como un irritante privilegio.

Por ello los científicos fabrican monstruos en probeta, en homenaje al progreso de la ciencia. Por elle colocan en manos de gobernantes sin principios y sin escrúpulos morales técnicas de destrucción que pueden arrasar todo vestigio de vida en el planeta. Por ello los autores de esta obra se asustan ante los peligros que denuncian, pero todos ellos son autores de libros y artículos en niveles de vulgarización, que han puesto su parte para crear la moda del ocultismo o difundirla.

Si alguno de ellos —lo que no creo— llegara a leer estas líneas, por cierto no dejará de calificarme de insoportable reaccionario. Yo le contestaría que cuando los médicos que atienden a un enfermo llegan a la conclusión de que “no reacciona”, ello equivale a constatar que está perdido. Me ha tocado vivir en un mundo enfermo y procuro —modestamente— ayudarlo a reaccionar.

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