| Subject: Demonología II |
Author:
Sergio,Barcelona
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Date Posted: 18:25:27 06/01/09 Mon
In reply to:
Sergio,Barcelona
's message, "Experiéncia tras la ouija" on 18:02:07 10/22/08 Wed
Hola a todos/as.
4).- Acción sobre la materia.
En este punto, simplemente enumeraremos todo lo que se dijo en la meditación de los ángeles en general, puesto que las dotes que les correspondían por ser de naturaleza espiritual no les fueron quitadas: Ejercen su influencia sobre las cosas corporales; no tienen poder alguno creador, ni pueden transformar substancialmente, con el imperio de su voluntad, unos seres materiales en otros, pero pueden utilizar las causas naturales para producir rápidamente sus efectos y producir con ello efectos sorprendentes y aparentemente milagrosos; pueden mover las cosas, trasladándolas de un lugar a otro (Mt 4 5 y 8, Hech 8 39); conocen mucho más que nosotros las leyes físicas, por lo que pueden hacer cosas que a nosotros nos parecerían milagrosas, pero que están dentro de lo natural para ellos; pueden formar cuerpos aparentes, no reales, para presentarse ante las criaturas, (pero sin poder llevar a cabo ninguna función en él, como respirar, comer, beber, etc.), o confundir haciendo aparecer o desaparecer un cuerpo u objeto ante nuestra vista, pueden influir sobre los animales, se dice que pueden actuar sobre los elementos; pueden provocar ruidos; etc.
5).- Acción sobre el hombre.
Ahora sí, hemos llegado al punto crucial de nuestra meditación, pues el punto neurálgico de la historia de la humanidad está centrado en esta «gran batalla» que se libra en la tierra, como una continuación de aquella que se libró en el Cielo; [18] es una guerra que se libra en el campo de batalla del alma, propiamente en la inteligencia y la voluntad; se trata de inducir a estas potencias hacia su Creador, o a ponerse en contra de Él, prefiriendo el vivir sin Dios y aficionándose a los dones naturales, ya sea los propios o los ajenos. Es una batalla con algunas diferencias substanciales, pues aquí nuestro líder no es un arcángel, o un trono, o un serafín, no, es el mismo Jesucristo quien se pone a la cabeza junto con su Madre Santísima y la misma Iglesia fundada por Él; del lado contrario Satanás y sus ejércitos. Jesús trae consigo las armas de sus méritos, de sus virtudes, de sus sufrimientos, de su Pasión, de su sangre derramada por todos nosotros, de su muerte y resurrección. Trae consigo el amor del Padre, el suyo, y el del Espíritu Santo, con el cual trata, no por sugerencias, no por visiones infundidas en nuestra mente, sino con su misma Vida, atraernos a Sí; y por si fuera poco, trae las armas de su Vida Sacramental, de su palabra; pero el arma más mortífera para el enemigo es su Divina Voluntad como vida. Su Madre, la Santísima Virgen María, también Madre nuestra, lo acompaña con los dones de su Inmaculada Concepción;[19] con todos los merecimientos que conquistó por haber vivido toda su Vida en la Divina Voluntad, por lo que habiendo permanecido siempre en el acto en el que fue creada, sin salir jamás de él, fue la llena de Gracia, o sea, la llena de Dios; con los méritos de sus sufrimientos que unidos a los de su Hijo, son de la misma valía que los de Él; y con toda la riqueza inmensa que su Hijo deja a su Iglesia, de la cual Ella es depositaria y dispensadora. Por si fuera poco, se encuentra la Iglesia, que al ser fundada por Jesús, y siendo María su Madre, es una Iglesia Santa, que durante dos milenios ha germinado en méritos y ha producido un sinnúmero de almas santas, que de alguna manera han incrementado las gracias que están a nuestra disposición. La comunión de los santos, o sea todos aquellos bienaventurados que están en el Cielo o en el purgatorio, junto con todos los ángeles fieles, también están prontos a darnos toda la ayuda necesaria para salir victoriosos.
Del lado de los demonios, las armas son: El engaño, la mentira, el doblez, el envilecimiento, el odio, la degradación, la esclavitud, la soberbia, etc., pero muy bien disfrazadas con apariencia de iluminación, de conocimiento, de conveniencia, de superación, de libertad, de reconocimiento, de comodidad, de riqueza, de placer, de poder, de ciencia. Llegan a tratar de llenar el enorme vacío que deja la ausencia de Dios, que ellos mismos han ido instigando, para que sea la criatura la que se despoje de Él, con «bienes» finitos y efímeros.
Uno de estos grupos quiere emprender la batalla por amor a nosotros, y porque quiere volvernos ricos en méritos, para que nos sirvan de moneda para el Cielo, donde seremos bienaventurados por toda la eternidad, en la unión con nuestro Dios, disfrutando junto con todos los bienaventurados. El otro grupo emprende esta batalla con la única finalidad de dañar a Dios en sus criaturas, y de destruir a la criatura, instigado por la envidia, la cual se convierte en odio sin cuartel. Realmente, con esta disparidad en el poderío de estos dos grupos, solamente aquél que quiera ser derrotado lo será, pero todo aquél que quiera resistir tiene a la mano todo lo necesario para imponerse sobre el enemigo, el cual tiene dos aliados poderosísimos, que son: el mundo y la carne. ¿Qué no haríamos por conquistarlos? Todo. Pero el arma más destructiva que tiene el enemigo, y que por cierto no es de él, (podríamos compararla a la estrategia que usan las artes marciales: usar la fuerza del enemigo, no la propia) es la voluntad humana, la cual es como una caña al viento, movida por los violentos vientos de las pasiones y las tendencias, los cuales son ayuda a nuestra concupiscencia para inclinarnos hacia la satisfacción de nuestras tendencias naturales, lo que la convierte en nuestro más fiero enemigo y también de Dios.[20] Esta lucha contra el demonio es actual, porque el demonio es un ser vivo y obrante en el mundo. En efecto, el mal que hay en él, el desorden que se encuentra en la sociedad, la incoherencia del hombre, la fractura interior de la cual es víctima, no son solamente las consecuencias del pecado original, sino también efecto de la acción infestadora y obscura de Satanás.[21]
Ahora, con estas premisas que hemos puesto, iniciemos nuestra búsqueda: Según la Teología, las tres principales actividades diabólicas sobre el hombre, son:[22]
a) La tentación.[23]
b) La obsesión.
c) La posesión.
Tentar puede tener dos sentidos principales: Tantear, poner a prueba, experimentar, sondear. Y el segundo, Instigar al mal, solicitar, inducir al pecado, seducir. Según estos diversos sentidos se dice que tienta Dios, que tienta el demonio, que tienta la carne y el mundo, que tienta el hombre a Dios, y que tienta el hombre al hombre, veamos de qué manera:
a) Dios tienta al hombre en el sentido de que le pone a prueba, (enviándole dolores, enfermedades, persecuciones, etc.) para saber si lo amamos de verdad o no. Estas tentaciones de Dios tienden siempre al bien, nunca al mal.[24]
b) El demonio en cambio, tienta siempre para dañar, induciendo al pecado, y en este punto se dice que tentar es oficio propio de los demonios.[25]
c) La carne y el mundo se dice que tientan instrumental o materialmente, y así se puede conocer quién es el hombre, por el hecho de seguir o resistir las concupiscencias de la carne, o por despreciar las cosas prósperas y adversas del mundo.
d) El hombre tienta a Dios cuando tiene la osadía de explorar el poder de Dios, como dudando de Él.
e) El hombre tienta al hombre, unas veces para incitarlo al bien, y otras para incitarlo al mal.
Para nuestro consuelo, aunque el demonio dispone de una enorme fuerza de sugestión para seducir al alma inclinándola al pecado, tiene sin embargo dos grandes limitaciones:
a) Una por parte de Dios, que no permitirá jamás que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, como dice San Pablo: Fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. I Cor. 1013
b) Otra por parte de nuestra voluntad, pues no pueden entrar en la fortaleza de nuestro entendimiento ni de nuestra voluntad, y así no pueden obligarnos a pecar si nosotros no queremos rendirnos voluntariamente. El pecado es siempre voluntario, tan voluntario, que sin la voluntad no puede haber pecado. El demonio lo que puede hacer es alterar las potencias inferiores, o sea los sentidos externos y la imaginación, los cuales pueden de alguna manera inclinar a la voluntad hacia el pecado.
En ocasiones los demonios pueden actuar sobre nosotros como enviados de Dios;[26] pero no para inducirnos al pecado; en ocasiones actúan como instrumentos de su justicia, y en otras como medio de purificación de aquella alma. Sin embargo conviene aclarar que no todos los pecados que cometen los hombres proceden de la incitación inmediata del diablo, sino que la gran mayoría proceden del libre albedrío y de la corrupción de la carne.[27]
Los demonios no pueden seducir a los hombres por medio de verdaderos milagros; pero sí pueden realizar cosas sorprendentes que superan las fuerzas humanas, con el fin de inducir a los hombres al pecado; el mismo Cristo nos lo advirtió.[28]
Ahora tratemos de analizar un poco la acción de la tentación: Dentro de las naturalezas intelectivas creadas, en el principio de ellas no podemos encontrar una figura que se parezca a la «tentación», pero en las dos existentes, la angélica y la humana, encontramos una prueba puesta por Dios,[29] prueba cuya finalidad era que ambas naturalezas consiguieran la ratificación, por medio del uso de su libre albedrío, a la bienaventuranza eterna, (visión beatífica de Dios), para la cual habían sido creadas, pero que por necesidad de semejanza con su Creador habían sido creadas libres, y en el ejercicio de esta libertad consiguieran los méritos para gozarla, pero sobre todo, que llegaran a amar libremente a Dios, el cual quería ser amado por sus criaturas, por sus hijos, pero no con un amor forzado, obligado por la misma naturaleza de las criaturas, pues hubiera sido indecoroso para la Majestad Divina, sino con un amor libre y anhelante de amar a su Creador.
Después del pecado de los ángeles, el mal ha sido «creado» en el universo, pues no existía, y conviene aclarar esto para quitar cualquier duda acerca del mal como existente desde el principio,[30] dos principios antagónicos, bien y mal. El mal NO existe por sí mismo. El mal es una ausencia, ausencia de bien, es como la luz y las tinieblas: la luz existe, es una realidad operante; las tinieblas, aunque existen, existen en función de la ausencia de la luz, pues si ésta hace su aparición, las tinieblas desaparecen, lo que no puede suceder en forma inversa, pues si está presente la luz, las tinieblas no pueden hacer su aparición pues no son realidades operantes, sino en función de la deficiencia de la luz. Falta saber qué o quién puede quitar el bien para que haga su aparición el mal. Veamos, ¿qué es el bien? La respuesta salta a la vista: «Dios». ¿Qué es aquello que puede quitar al bien? Sólo la voluntad libre, tanto angélica como humana, que haciendo uso de su libre albedrío escoge alejarse de aquel bien. Así que el mal fue introducido en el universo por la voluntad angélica rebelde, y así hace su aparición el malo, el cual es el inspirador de la rebeldía en los demás; esta función la inició, como ya se dijo, en el Cielo, con los ángeles indecisos, pero que no tuvo éxito, pues fue derrotado por los buenos, que consiguieron el mayor número de adeptos. Y así el malo (Satanás y sus seguidores) no encontraron lugar en el Cielo (no encontraron donde actuar) y fueron arrojados a la tierra.
El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, fue creado varón y hembra, con una finalidad específica, la cual era ser imagen y semejanza del Verbo encarnado (otros Jesús), pues Él es nuestro hermano mayor, nuestro modelo puesto por el Padre celestial, nuestro camino. Pero también fuimos dotados de una voluntad con libre albedrío, por lo que teníamos que ejercitarlo. Para esto Dios nos pone una prueba, al igual que a los ángeles, pero en este suceso se introduce un nuevo “ingrediente”, la presencia del malo, el cual desea continuar con la batalla que inició en el Cielo, y en Eva encuentra un terreno fértil para inocular su soberbia, su rebeldía, su envidia, su gula, y todos los vicios existentes en su naturaleza, casi casi como si fueran “dones preternaturales” dados a ella por el maligno, si aceptaba unirse a él. Lo que ella aceptó. En este momento se dio la primera «tentación» en el mundo, la cual tiene una característica muy peculiar, que tanto en Eva como en Adán no existía la concupiscencia (tendencia al mal)[31] pues eran inmaculados, pero que a raíz del pecado de Adán, no del de Eva, pues ella no era cabeza de misión, aparece y vuelve más vulnerables a los descendientes de ellos, y así el demonio toma más fuerza en su acción ordinaria, pues no sólo propone a la inteligencia y a la voluntad, sino que ahora agrega la acción sobre este fomes peccati. Él, haciendo uso de su inteligencia superior, sabe en que punto atacar, cuál concupiscencia (vicio) es donde puede tener éxito, pues no le gusta ser derrotado (Sant. 114-15).[32]
Al ser el demonio un ser inteligente, personal, no una fuerza o energía, casi nunca llega haciendo uso de la fuerza, sino que siempre trata de convencernos por medio de razonamientos precisos y orientados a exaltar nuestra naturaleza, inclinaciones, debilidades, confrontándolas con nuestras normas de vida fundamentada en Dios. Es a través de esta tentación que nos vamos introduciendo cada vez más en el mundo sin Dios, y esto, además de alejarnos de Él, de sumirnos cada vez más en el “pecado” y poner en riesgo aun nuestra salvación, puede ser la puerta de entrada para las acciones extraordinarias del demonio. Cabría la pregunta, ¿por qué Dios no limita la acción de los demonios para que sus hijos no sean tentados? Aquí nos enfrentamos a un verdadero misterio, sin embargo debemos estar ciertos, de que si lo permite es para bien de las almas y para mayor gloria suya.
Hay que recordar que Jesús fue tentado. Se dice: “No podía pecar.” Esto sería exacto si hubiese sido sólo Dios, Dios no puede pecar siendo perfección, pero su segunda naturaleza estuvo sujeta a tentaciones, y las tentaciones son medios para pecar si no son rechazadas, y duras tentaciones fueron desencadenadas contra Él. Pero Jesús no pecó porque no quiso pecar, y también por esto es declarado Hijo de Dios, no sólo por su naturaleza divina. Veamos entonces cómo rechaza Jesús las tentaciones, para aprender a hacerlo nosotros. Analicemos este pasaje en Mt. 4
...En aquella sazón, Jesús fue conducido del Espíritu de Dios al desierto, para que fuese tentado allí por el diablo.[33] Y después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, tuvo hambre. Entonces, acercándose el tentador le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que esas piedras se conviertan en panes. Mas Jesús le respondió: Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra o disposición que sale de la boca de Dios. Después de esto lo transportó el diablo a la santa ciudad de Jerusalén, y lo puso sobre lo alto del templo, y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues está escrito: Que te ha encomendado a sus ángeles, los cuales te tomarán en las palmas de sus manos para que tu pie no tropiece contra alguna piedra. Le replicó Jesús: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. Todavía le subió el diablo a un monte muy encumbrado y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todas estas cosas te daré si, postrándote delante de mí me adorares. Le respondió entonces Jesús: Apártate de ahí, Satanás; porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a Él solo servirás. Y con esto le dejó el diablo; y he aquí que se acercaron los ángeles y le servían.
Satanás se presenta siempre en apariencia benévola y en forma ordinaria. Si las almas están atentas y sobre todo en contacto espiritual con Dios, advierten el aviso que las pone alertas para combatir las acechanzas del demonio. Pero si no hacen caso al aviso divino, se separan debido a pensamientos del todo humanos que entorpecen; si no buscan ayuda en la oración que las une a Dios y que da fuerzas al corazón humano, difícilmente pueden ver la trampa escondida bajo una apariencia inofensiva, y helas aquí que caen. Librarse después de esa trampa, sí que es difícil.
Los dos caminos más usados por Satanás para llegar a las almas son el sentido y la gula. Siempre empieza por la materia. Cuando ésta ha sido derrotada y sujeta, el ataque continúa en las partes superiores del hombre: primero la parte moral, el pensamiento con su soberbia y avidez; después el espíritu, al quitarle no sólo el amor divino, que ya no existe desde el momento en que ha sido substituido por otros amores humanos, sino también el temor de Dios. Entonces es cuando el hombre se entrega a Satanás en alma y cuerpo con la condición de poder gozar de lo que quiera y gozar siempre. Hay que comportarse como Jesús: Silencio y oración.
Silencio. La razón es que si Satanás se presenta seductor y se acerca, se le debe soportar sin tantas impaciencias y temores inútiles. Es menester reaccionar con valor a su presencia y a su seducción con la plegaria.[34] Es inútil discutir con Satanás, vencería él, porque tiene una lógica más fuerte. Nadie, más que Dios puede vencerle y por eso es necesario recurrir a Dios, que hablará por nosotros, a través de nosotros. Enseñar a Satanás el nombre y la señal de Jesús, no tan solo escritos en el papel o grabados en madera, sino escritos y grabados en el corazón. Contraatacar a Satanás usando las palabras de Dios, tan solo cuando insinúa que él es como Dios. El demonio no las soporta. A continuación, después de la lucha, viene la victoria y los ángeles vienen y ayudan al vencedor contra el odio de Satanás, lo confortan como rocío del cielo con la gracia que derraman a manos llenas en el corazón del hijo y la bendición que acaricia el alma. Es necesario tener voluntad de vencer a Satanás, y fe en Dios y en su ayuda. Fe en el poder de la oración y en la bondad del Señor; entonces no puede hacer ningún mal.
Generalmente la criatura cuando es tentada se siente culpable e impotente, y eso la lleva a seguir pensando en lo mismo, lo que produce debilidad y desesperación, y esto la envuelve en una red.[35] El demonio es demasiado astuto, y usa las dos posibilidades de acción; me explico con un ejemplo: puede ser que la tentación sea a dejar la oración, pero si no tiene éxito, puede tentar a excederse en la oración omitiendo sus deberes. A veces puede tentar a desesperación haciendo que la criatura se vea demasiado pecadora, o por el contrario, que exalte su virtud y nazca la soberbia espiritual, pensando que ya está muy lejos del pecado. El exceso de confianza pierde al hombre, sobre todo cuando esta confianza se finca en las propias virtudes, fuerzas o acciones.
Este es el modo de vencer; no otro, así que aprendámoslo y ejercitémonos en él, para vencer cualquier asechanza de nuestro mayor enemigo.
Además de la simple tentación, el demonio puede ejercer su acción maléfica sobre el hombre mediante la obsesión y la posesión. Nadie está exento de la tentación. Varían las formas, cambian los procedimientos, aumenta o disminuye su intensidad, pero el hecho mismo de la tentación permanece constante a lo largo de la vida espiritual. Pero a veces el demonio no se contenta con la simple tentación, tratándose sobre todo de almas muy elevadas, a las que apenas impresionan las tentaciones ordinarias, despliega todo su poder infernal, llegando, con el permiso de Dios, hasta la obsesión, y a veces posesión corporal de su víctima. En la obsesión, la acción es extrínseca a la persona, mientras que en la posesión, el demonio entra realmente en el cuerpo de su víctima y le maneja desde dentro.[36]


Sagrado Corazón de Jesús, presente en todos los Sagrarios del mundo, en tí Confío! Siempre
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